Fragmentar el mapa para volver a unirlo
Bordar Palestina: territorio, memoria y cuidado colectivoDurante varias semanas estuvo fragmentado en pequeños cuadrados, repartidos entre quienes aceptamos participar de Sólo quiero morir en mi tierra, una instalación textil colectiva dirigida por Alejandra Bustos Sabal. Cada persona recibió una parte del mapa para bordarla, cuidarla y devolverla.
Porque si uno de esos fragmentos no regresaba, el mapa no podía completarse.
Pero regresaron.
¿Qué hace posible una obra colectiva?

El mapa no solo representa un territorio: lo convoca
No bordamos cualquier mapa. Bordamos un mapa histórico de Palestina.
Esto importa porque los mapas no son neutros. A lo largo de la historia han servido para conocer y representar territorios, pero también para marcar límites, administrarlos, ocuparlos y ejercer poder sobre ellos. En Palestina, los mapas y los nombres también han sido parte de esa disputa: pueblos destruidos y ciudades y localidades cuyos nombres palestinos han sido reemplazados o borrados.
Por eso, tomar un mapa y usarlo de otra manera también puede ser un gesto político.
Aquí el mapa ya no se mira desde arriba. Hay que acercarse. Tocarlo. Pasar horas sobre unos pocos centímetros de tela. Equivocarse. Deshacer puntos. Volver a empezar.
Y, sobre todo, depender de otras personas.
El mapa fue dividido para que pudiéramos bordarlo entre muchas manos. Durante semanas cada persona trabajó sobre una pequeña parte, sin poder construir por sí sola la imagen completa.
Solo cuando todos los fragmentos regresaron, el mapa pudo volver a unirse.
Quizás por eso pienso que este mapa no solo representa un territorio: lo convoca. Hace aparecer Palestina y, al mismo tiempo, reúne personas alrededor de ella.

Cuando el mapa cambia de material
Hace años trabajo con mapas, casi siempre sobre papel. Los he usado como herramientas para conversar, compartir experiencias y construir en conjunto otras formas de mirar un territorio.
Desde hace más de un año, sin embargo, vengo observando e investigando algo que se repite especialmente en Chile: la construcción colectiva de mapas textiles.
No es una práctica exclusiva de este territorio —aparece en distintos lugares y bajo formas muy diversas—, pero en Chile he ido encontrando una insistencia en bordar, coser, tejer o unir fragmentos para construir y contar territorios. Una y otra vez aparecen experiencias que vuelven al textil para hacer mapas de manera colectiva.
Y mientras más los observo, más me pregunto qué ocurre cuando el mapa abandona el papel y pasa al textil.
Porque no es solamente un cambio de soporte.
El papel permite anotar, dibujar, superponer información, señalar rápidamente un lugar. El textil, en cambio, impone otras condiciones. Bordar una línea requiere tiempo. Rellenar una superficie requiere todavía más. Hay que aprender una técnica, atravesar el material, repetir un gesto, equivocarse, deshacer y continuar.
El cambio de material modifica también nuestra relación con el tiempo.
Un mapa textil difícilmente puede producirse con prisa. Nos obliga a permanecer.
Y esa permanencia afecta también la manera en que nos relacionamos con otras personas. Si el mapa se construye colectivamente, ya no basta con llegar, dejar una marca y marcharse. Hay procesos que requieren encuentros seguidos, transmisión de conocimientos, coordinación, confianza y cuidado.
Allí está una de las razones por las que estas prácticas me interesan tanto: el textil no solamente permite representar un territorio de otra manera. Produce otras condiciones para
Conocer un territorio puede ser tocar, esperar, repetir, escuchar una historia mientras las manos trabajan, aprender de quien está al lado y volver otro día para continuar.
El territorio deja de ser solamente aquello que aparece representado sobre una superficie. También empieza a ocurrir alrededor de ella.

Nada de lo que lo compone es casual
Tampoco fueron casuales los materiales ni las formas.
La tela fue teñida con granada, olivo y sumac, especies y frutos ligados a la tierra y la cultura palestinas.
Aprendimos también sobre el tatreez, la tradición del bordado palestino y sus símbolos. Algunxs no sabían bordar y tuvieron que empezar por entender el punto cruz para luego aprender a construir estos motivos. Nos enseñaron, entre otros, a bordar la estrella de Belén y también nos contaron sobre su significado.
Eso requirió algo que pocas veces vemos cuando miramos una obra terminada: tiempo y paciencia para compartir lo que se sabe.
Alguien tuvo que sentarse al lado de otra persona y mostrarle un punto. Repetirlo. Corregirlo. Explicar qué estaba bordando. Esperar mientras la otra aprendía.
La técnica no circuló separada de la memoria. Aprender a bordar era también aprender a reconocer un lenguaje.

Todo lo que sostiene una obra
Solemos mirar el resultado de una obra colectiva: la instalación, el mapa, el bordado terminado.
Mucho menos vemos todo lo que tuvo que pasar para que pudiera existir.
Alguien hizo una invitación.
Alguien decidió abrir una idea que podría haber quedado entre unas pocas personas.
Alguien produjo.
Alguien consiguió un espacio.
Alguien abrió la puerta.
Alguien encendió una estufa.
Alguien preparó comida.
Alguien enseñó a bordar.
Y alguien decidió volver el domingo siguiente.
En este proceso estuvo Alejandra impulsando y abriendo la obra; Ana desde la producción; Mica compartiendo sus saberes en el teñido y la costura; MNWAL abriendo sus puertas. Y alrededor de ellas se fue formando una red mucho más grande.

También llegamos personas con experiencias muy distintas.
Javiera junto a su hija Ema, participando por primera vez en una experiencia textil colectiva. Valentina, organizando sus domingos y dejando a su bebé de seis meses en casa para poder venir. Hugo, quien habitualmente se dedica a bordar cuencas hidrográficas, nunca junto a otras personas. Carla, sin experiencia previa con el textil, que vive fuera de Chile y durante una visita a su familia se hizo un tiempo para participar.
Y así fuimos cerca de 40 personas, 40 pares de manos, cada una llegando desde un lugar distinto y aportando una parte para que el mapa pudiera completarse.
Una obra colectiva no está hecha solamente por quienes bordan. También la hacen quienes reciben, cocinan, enseñan, organizan, escuchan, documentan y hacen posible que otras personas puedan estar ahí.
El cuidado no rodea la obra. El cuidado hace posible la obra.

Abrir también significa ceder
En el cierre quise agradecer especialmente la generosidad de quienes impulsaron este proyecto. Porque esta obra podría haberse quedado entre ellxs, pero decidieron abrirla y compartirla con otrxs.
Y abrir una obra también significa ceder. Dejar que otras personas entren, aprendan, aporten y hagan algo que quizás no estaba pensado desde el comienzo.
Eso me hizo pensar en algo que a veces olvidamos cuando hablamos de hacer cosas colectivamente: colaborar no significa que todas hagamos lo mismo, ni que desaparezcan los distintos roles.
Alguien propone.
Alguien enseña.
Alguien organiza.
Alguien llega sin saber.
Alguien puede decir que sí.
Alguien puede decir que no.
Lo colectivo también se construye ahí: aprendiendo a escucharnos, a compartir lo que sabemos y a confiar en lo que otras personas pueden aportar.
Porque invitar no es solamente abrir una puerta.
También es estar dispuesta a compartir lo que pasa cuando otras personas entran.

El tiempo también forma parte de la obra
Hay otra dimensión que me quedó dando vueltas durante estas semanas: la lentitud.
Vivimos rodeados de una exigencia permanente de velocidad. Producir, responder, reaccionar, desplazarnos rápidamente de una noticia a otra.
Mientras tanto, aquí decidimos hacer algo extremadamente lento.
Teñir.
Esperar.
Secar.
Aprender.
Bordar.
Equivocarse.
Deshacer.
Volver.
Encontrarse domingo tras domingo.
En medio del horror que estamos viendo ocurrir en Palestina, un bordado evidentemente no puede detener la violencia. Sería absurdo pedirle eso.
Pero estos gestos operan en otra escala.
Se niegan a permitir que la urgencia transforme todo en consumo veloz de imágenes, cifras y noticias hasta que una tragedia sea reemplazada por la siguiente.
Hay urgencias que también necesitan ser respondidas lentamente.
Durante estos encuentros volví a pensar en algo que pasa mucho alrededor del textil: mientras las manos trabajan, aparecen conversaciones que quizás no ocurrirían de otra manera.
No siempre necesitamos mirarnos.
Podemos hablar mientras contamos puntos.
Podemos quedarnos en silencio.
Preguntar cómo se hace algo.
Esperar a que otra persona termine.
Compartir comida.
Reconocer una cara conocida.
Me conmovió especialmente encontrarme con personas que ya había visto en otros espacios, tanto textiles como de activismo. En un momento político y social que muchas veces se siente desolador, hubo algo muy sencillo pero importante en reconocernos otra vez:
aquí seguimos.
Seguimos encontrándonos.
Seguimos haciendo.
Seguimos cuidándonos.

Cuando dos obras se reconocen
En el encuentro de cierre ocurrió además algo que difícilmente podría haberse planificado.
Natalia, que viene del mundo del teatro, había trabajado junto a su agrupación de performance a partir de un poema de la poeta palestina Fadwa Tuqan.
Al llegar a MNWAL se encontró con ese mismo poema presente en los bordados y en el trabajo desarrollado por Alejandra.
Dos procesos realizados desde lenguajes diferentes habían llegado, sin saberlo, a un mismo texto.
Para el cierre, su agrupación llevó nuevamente aquella performance al espacio.
Quizás las prácticas colectivas también producen esto: conexiones que nadie diseñó previamente. Una obra encuentra a otra. Una referencia reaparece. Algo que comenzó en otro lugar reconoce inesperadamente una trama común.

Volver
En el cierre, Alejandra compartió una palabra palestina: SUMUD.
No tiene una traducción única, pero habla de resistir, permanecer, mantenerse firme, seguir ahí frente a aquello que intenta expulsar, borrar o destruir.
Y pensé en todos esos pequeños cuadrados.
Cada uno salió del espacio en manos diferentes.
Alguno podría haberse perdido. Alguien podría no haber tenido tiempo. Podríamos haber dejado de asistir.
Pero domingo tras domingo volvimos.
Y los fragmentos también volvieron.
Al final estaban todos ahí, unidos.
Hubo palabras, nervios, lágrimas y mucha ternura. Entre todo lo que se compartió quedó una idea que me acompañó de vuelta a casa: que el horror no se apodere de Palestina.
Que Palestina no quede reducida solamente a las imágenes de su destrucción.
Que podamos seguir nombrando también sus ciudades, sus plantas, sus poemas, sus bordados, sus memorias, su comida, sus personas y sus futuros posibles.
Por eso importa teñir una tela con granada, olivo y sumac.
Aprender a bordar una estrella de Belén.
Compartir un sabor.
Encender una estufa.
Enseñarle un punto a alguien que no sabe.
Atravesar la ciudad para encontrarse un domingo.
Cuidar durante una semana un pequeño fragmento de un mapa.
Y devolverlo.
Ninguno de estos gestos es suficiente por sí solo. Tampoco pretende serlo.
Pero cuando se encuentran y se sostienen entre sí, algo aparece.
Ayer, frente a nosotros, apareció un territorio reunido.
Y eso también hacen las prácticas textiles colectivas: no producen solamente una obra. Producen tiempo compartido, redes de cuidado y espacios donde todavía podemos imaginar otros mundos posibles.

Preguntas Frecuentes
Algodón: Ligero y suave, como un viento tibio en la piel. Ideal para climas templados y para quienes prefieren texturas secas y livianas. Sus puntos se ven más abiertos por su caída pesada. Perfecto para el verano y climas suaves.
Lana de oveja común: Rústica y cálida, recuerda los inviernos del sur. Puede sentirse áspera al principio, pero es resistente y duradera, ideal para quienes buscan una fibra robusta y tradicional. Como un chaleco heredado que perdura en el tiempo.
Lana merino: Suave y fina, es una caricia que abriga sin rugosidad. Termorreguladora, acompaña sin sofocar, perfecta para pieles sensibles y prendas en contacto directo con la piel. Tiene una caída fluida y elegante, ideal para invierno con ligereza.
Alpaca: Liviana y lujosa, diez veces más cálida que la lana común. No pica ni pesa, con una textura envolvente y casi etérea. Perfecta para climas fríos y para quienes buscan abrigo sin volumen.
Acrílico hipoalergénico: Suave, liviano y fácil de cuidar. No provoca alergias ni encoge. Una opción segura para niñxs, pieles sensibles o quienes prefieren prendas prácticas sin perder calidez. Lo uso con criterio cuando el contexto lo requiere, pues la sensibilidad también es parte del diseño.
1. Llena un bowl con agua fría y añade un poco de jabón neutro.
2. Sumerge la prenda durante 10 minutos sin frotar.
3. Luego, vacía el agua y presiona suavemente (sin estrujar) para sacar el exceso.
4. Ponla sobre una toalla seca, enrolla para absorber el agua, y luego déjala secar extendida, sobre una superficie plana y a la sombra.
5. No la cuelgues. No le tengas miedo: si la cuidas bien, te acompañará por mucho tiempo.
Mis prendas no están pensadas en función del género, sino del movimiento, el abrigo, la libertad. Por eso he creado mi propia tabla de tallas, que no distingue entre “para mujeres” o “para hombres”.
Para elegir la tuya, solo necesitas medir el contorno más amplio de tu pecho y guiarte por esa medida. Si tienes dudas, puedes escribirme: me interesa que la prenda se sienta bien puesta, como una extensión de ti.